domingo, 27 de junio de 2010

Siempre el prejuicio es malo

Lo primero que llama la atención al ingresar al Teatro la Plaza para ver “La Noche antes de los Bosques” es la lona cilíndrica en el medio del escenario. Sin más escenografía que eso, se promueve de a poco la idea de que no es un simple monólogo lo que se está por ver bajo la dirección de Alejandra Ciurlanti.
Como único actor en escena, Mike Amigorena se carga sobre los hombros todo el peso visible de la obra y lo hace perfectamente. Su capacidad de representar al protagonista de la obra es tan profunda que lleva a la locura de pensar como él. Sumerge a los espectadores en esa soledad, tristeza, nostalgia y rabia que es tan notoria en toda la obra.
El argumento de “La Noche antes de los Bosques” se centra en un extranjero francés, solitario y abandonado, que buscar amor, compañía y liberarse de los “miserables técnicos (…) que deciden desde arriba”. Es fundamental destacar que “La Noche antes de los Bosques” tiene altibajos constantemente y los efectos sonoros llevan al extremo los cambios emocionales del protagonista y a la atmósfera de suspenso que se crea con los diálogos, que terminan desconcertando al espectador y llevándolo a no saber qué es lo próximo que puede ocurrir. La lona negra claramente es un quiebre entre el personaje principal y la realidad, es lo que lo separa de su felicidad anhelada. Escenográficamente, ayuda a la ambientación en tres momentos: Al imitar lluvia, durante la canción dramática y simulando un bosque.
Los psicodélicos sonidos de fondo, las luces los truenos, la lluvia y los violentos cambios de emoción del actor obligan a mantenerse tenso, tal vez sólo atento, durante la hora y minutos de la obra. Predomina tanto lo sonoro que se entendería a la perfección escuchando con los ojos cerrados. La función de las luces es clave al comienzo, solamente iluminándolo al actor para destacar su soledad total, su falta de rumbo y para hacer entender que alrededor de él no hay absolutamente nada, pero luego las luces sólo acompañan ya que el sonido y la voz del actor se apoderan de absolutamente todo.
La directora Ciurlanti expresa que el deseo de la paz “(…) es el que nos acompañó desde el primer día de trabajo” con la obra. De la inmensa cantidad de líneas morales que escupe el protagonista, de entre las primeras se destaca una citada por la misma directora: “No digas nada hermano, no te muevas, yo te miro, yo te amo, hermano, hermano”. La soledad está presente como un fantasma que penetra profundamente en la obra y estremece al ser tan cruel con el extranjero.
Las identidades no existen en la obra. Tanto es así, que el personaje interpretado por Amigorena no tiene nombre y la persona a la que le habla ni siquiera tiene cuerpo. Es un cualquiera hablando con el primer ser vivo que encuentra al ser tomado por las garras de la desesperación. Necesita ser escuchado, necesita entender que su vida no ha sido un sueño, que hay alguien que puede oírlo un mundo cruel y gris que no permite a cualquiera subirse.
De la misma forma que explica la sinopsis argumental en el programa de la obra, no se sabe si el protagonista miente, inventa o delira. De hecho, nunca se afirma ni niega absolutamente nada. Todo se deja a la libre interpretación del espectador. Al ser psicoanalista, da la impresión que la directora sabe muy bien cómo generar una impresión de insanismo mental en el protagonista, de llevarlo a una locura que es comprensible.
Incomprensible al comienzo, impecable al finalizar. “La Noche antes de los Bosques” impresiona por un descollante Mike Amigorena que transmite a la perfección lo que la directora pretende, a pesar de que la iluminación no logra resaltar toda su capacidad gestual salvo cuando exageraba excesivamente, corría o saltaba. La única verdad que termina siendo clara en la obra es la gran capacidad actoral de Amigorena.

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