domingo, 6 de marzo de 2011

Caras en el parque

La última soga se me desprendió casi de casualidad, tentada por la ironía de una confesión previa sin demasiada relación con las circunstancias. Ahí vino el humo y la mirada, reprochándose errores y decisiones nobles. Intentándome convencer de que valía la pena me di cuenta de que algo había salido mal. Había salido mal por haber salido bien. Las sogas que me amarraban a la realidad se habían ido a atarse mejor, a someterse a los efectos de la libertad. La falta de palabras, de habla causó que otro humo estuviera ahora conmigo, acompañándome y envolviéndome en una soledad terrible. ¿Falta de habla de quién? Es una buena pregunta que no tiene respuesta. Los ojos vieron a través del humo para encontrar que no estaban solos. No había soga que me sujetara a nada, lo que generó que la situación se apoderara de mi cabeza cruelmente. Un cigarro ya no calmaba un intenso sentimiento que se apoderaba de todos, de mí. No quedaba más que esperar, convenciéndome de que era noble lo que hacía, que el humo que me desató no era malo y que valía la pena aguardar a las agujas, a las tenues sombras de la salida. Pero algo ocurrió, algo que tal vez no esperaba o que no quería pensar, que escondía debajo de algún objeto pesado de mi mente. Me di cuenta de que algo había salido mal.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Secuencia

Siempre escuché rumores acerca de recordar toda la vida antes de morir. Siempre me pregunté si no eran más que mentiras, fantasías de aquellos que quieren dar un toque más literario, retrospectivo a la muerte. ¿Será verdad? Tal vez estaba a punto de averiguarlo. Ese instante fugaz en cuando uno sabe, efectivamente, que tiene la vida en las manos y que rápidamente puede irse burlonamente, con gusto a nada, con sólo jalar el gatillo. Tantas religiones, mitos, culturas y costumbres intentan explicar un hecho que no la tiene, que sólo se puede vivirlo. O tal vez morirlo.

Tantos inviernos vividos que pueden ser ejecutados en menos de un segundo. Cientos, miles de anécdotas y experiencias, terminadas. Algunas buenas, otras malas. Más malas. Parece mentira que uno puede estudiar y reflexionar sobre infinidad de cosas, pero la muerte, particularmente, no tiene respuesta. No es siquiera una pregunta. Pero tiene innumerable cantidad de explicaciones, de razones. Ironía o venganza, tal vez sean ahora. Estoy a punto de ver la muerte. Cara a cara.

Los dedos me danzan entre los nervios y la bronca. Demasiado intensa me está resultando esta hora final. ¿No era ésta la única solución? Si, la única solución efectiva. ¿Por qué tiemblo? Pueden ser dudas. Puede ser demasiada determinación para manejar. Puede ser la bronca de terminar con tanto dolor causado en un instante. Me suda la frente. Me suda la mano que sostiene el revolver cargado. Finalmente, me decido a terminar.

¡Cuánto esfuerzo! Llegué hasta a sentir que la vida no era nada y ahora parece algo difícil de quitar. Intento con un esfuerzo inmenso deslizar el dedo hacia el gatillo para procurar acertar en el disparo y no hacer el ridículo ante mi moral. Parece ya lejano el instante en que recordaba que la vida se recuerda justo antes de morir. Éste es el momento. Tenía que ser. La vida en un instante, en una bala. La situación me está resultando hasta poética. ¡Cómo si la muerte pudiera ser poética! Menos ésta.
Llegó el instante. Espero a sentir, a verlo. ¡Cuántas cosas se pueden pensar en un minuto! Recuerdo a Johnny Carter y su velocidad para recordar, para pensar. Siempre lo recordé. Ahora lo entiendo. Voy a acabar con la vida. Entonces me hago hombre.

Apunto. Mis ojos se tambalean frente al revólver. Estoy a punto de apretar el gatillo y espero ver la secuencia. Ahí está. Lo noto. En sus ojos pasan todas las atrocidades que una mente pueda imaginar. Más también. Entonces llega el viento que necesitaba. Me pongo firme y termino de jalar el gatillo... Acabé con la vida de ese miserable comandante paramilitar, Rodrigo Pelufo. Sólo espero que haya podido entender la razón de su muerte por sí mismo. Venganza.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Mayéutica

Es que claro, qué iba a esperar. Era previsible. No iba a escuchar mis palabras. ¿Era necesario este final? ¿Es que las palabras ya no sirven? ¿Las acciones acaso tampoco? Sólo queda silencio ¿Qué silencio? Tal vez no tenga sentido, pero ahora mismo ese silencio me está diciendo mucho. Me dice algo más que mera ironía. ¿Pero no es que el silencio es nada? Creí que era la ausencia de palabras p sonidos, de conflictos, que era nada. Nada. ¿Qué es el silencio?

Es algo. Si es algo no es nada. Si no es nada no es la ausencia de cosas y estuve equivocado.

Si el silencio me está diciendo más que palabras, ahora mismo, entonces habría que hacer una valoración diferente. ¿Es silencio ausencia o imposibilidad? Muchos son también obligados al silencio. ¿No dice eso cosas también? A veces las palabras están de más. A veces las palabras no significan nada, más viendo de quien vienen. Eso no quiere decir que sea siempre así. Pero entonces… ¿Las palabras sí pueden ser nada? No, porque están. Pero si no dicen nada, ¿Qué son?

Ruido. La ciudad tiene mucho ruido. A veces nosotros tenemos ruido. Ese ruido no dice nada. Nada. Pero también está, nos rodea y nos busca. ¿Cómo encontrar silencio entonces? Mi mente a veces arde en un silencio placentero. Un silencio que no se oye más que en nosotros. Lo podemos ver, notar, pero no escuchar. Peri no siempre se contenta con ser ignorado y escapar de nuestro cráneo por la boca. El silencio no es nada, por lo tanto no es ruido. El silencio necesita de la palabra para ser oído. Entonces el silencio seguido de palabras es mucho más que fuego.

El silencio es pensar.