- Sos un hijo de puta
- ¿Por qué? – Me respondió el Tiempo.
- Porque me arruinaste la vida
Así comenzó nuestra pulseada. Entre reproches y nudillos sin aterrizaje, se disputó un mano a mano inútil. De tanta derrota había perdido la fruta. Repté alrededor de mi eterno acompañante demasiado. Era hora de respondiera un poco por sus malas intenciones. Es que ahora tenía la capacidad de burlarme de él. Creo que es eso lo único que uno puede hacerle: Sólo burlarse. Es como a ese amigo gordo y alto al cual nunca le vas a poder ganar una pelea pero te contentás con molestarlo. Pero nunca ganarle. Las cosas no volverían, se las había guardado en el bolsillo, bien cerca cosa de que el olor todavía me llegara.
- Gracias a mi sos lo que sos – Se atrevió a responderme.
- Gracias a mi soy lo que soy – Le retruqué, casi de caprichoso.
- Soy donde caminás, donde pensás y donde madurás. Sin mí serías aburrido.
Allí me detuve. ¿Siempre igual? No creo que quisiera ser yo eternamente, eso seguro. Mucho menos ser idéntico. Gracias a él ahora podía plantármele de igual a igual, aunque parecía una ironía. Nunca podía escaparle. Siempre fue la única pistola que sólo dispara por la culata. Aunque sea ahora podía sostener el arma y decidir no disparar. Demasiadas heridas tenía ya. No tenía cara, mi fiel enemigo, a la cual golpearle. No tenía cuerpo al cual atacarle. Sólo podía combatirle en mi cabeza, cual psicópata. Pero es real, allí está frente a mí. Constantemente mostrándome lo que fui y lo que puedo ser, pero atormentándome con campanas y relojes de arena. Nunca me acompañaría lo suficiente como para saciar mi sed de él.
- Si te frenaras tan sólo en momentos particulares, creo que no sería aburrido. Sólo un poco más…
- Los momentos los podés revivir siempre que quieras, mejor aún, perfeccionarlos y ser cada día un poco más feliz y tenaz – Me respondió, eternamente calmo.
- Hay cosas que no vuelven, hay cosas que no puedo cambiar y hay cosas que no voy a llegar a vivir, ¿Me estás burlando, encima?
Si, se burlaba. Ni siquiera necesitaba preguntarlo. Siempre fue el que reía último y siempre lo sería. ¿Cómo se le puede vencer al tiempo?
- Vas a tener que contentarte con lo que te queda. De lo contrario, quéjate con la Muerte.
- ¿Ya me estás echando?
- No te echo, porque vos mismo no me podés soltar. Nunca.
Sin más, se dispuso a darme la espalda y a marcharse arrastrándome de nuevo. No tardé en sacar mi cuchillo y clavárselo furiosamente en la espalda. Luego de eso, morí.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Muñeco de gelatina
La rata tenía una vista privilegiada. Allí estaba, inalterable. Siempre inalcanzable por la vista pero molestando con ruidos fugaces. Viviendo entre las sombras, siempre lograba ver más que cualquier depredador y más profundo que cualquier humano. Fue testigo, en esa zanja, de grandes anécdotas. Gente fue y vino, tristezas bailaron por allí como también las más cálidas paradojas. Fue depositada allí vaya uno a saber por qué dios terco y gracioso.
Esa pequeña rata se mantenía estática por el miedo cuando alguna amenaza se aproximaba y huía hacia los árboles cuando la corriente así lo demandaba. De pura testaruda nunca fue alcanzada por escobas ni cuchillas. Se quedó sola bastante tiempo, ya que de esa forma podía mirar mejor el mundo, sin interrupciones y además no debía compartir esos escasos alimentos. Roía todo lo que encontraba y no tardó en encontrarse más enemigos que compañeros. Rata iba a morir.
Una noche de invierno, sin embargo, logró ver algo que le llamó la atención. Durante años había visto centenares de escenas raras pero nunca una semejante. Ese par no estaba como siempre. Logró ver un beso de desahogo y cariño infinito y su corazón se sintió extraño. No había logrado ver algo así en mucho tiempo y feliz se dispuso a contarle el chisme a nadie. Recordó que era una rata.
En un recoveco de la zanja durmió esa tardía noche de muchas estrellas. Años había visto a ese par y todo cambió en una noche. Sin embargo a ese muchacho no lo había visto tantas veces en tan poco tiempo. Algo le había ocurrido, se le notaba en la sombra que lo perseguía. Algún ángel había tenido la poca fortuna de cuidarlo y había renunciado a mitad de camino, frustrado. Siguió durmiendo sin tener a nadie a quien contarle pero con una sonrisa contagiada por esa muchacha que tanto vio renegar por impericias de esos dioses que ella odiaba.
Otro día comenzaba y había logrado conseguir algunos dejos de hamburguesa en la basura a las apuradas. Otra vez ellos tres, de nuevo, mejor, distintos.
Unas flores crecieron bajo ese árbol al costado de la zanja. De muchos colores en poco tiempo. Demasiada belleza para ese gran arbusto podrido y bastardeado. Es que la ratita solía refugiarse en tiempos de lluvia con su callado amigo y a veces por puro gusto. Allí tenía otro tipo de vista. Sufría junto al gran señor antiguo cuando insolentes osaban arrancarle hojas. Hubiera deseado en ir a morderle las manos.
La rata ya había visto a mucha gente ahí, sentada, corriendo, besando, bebiendo y mintiendo. Ya un poco de trabajo le tomaba recordar en buen orden todo. Los años no le habían sentado tan bien en soledad. Una cierta locura se apoderaba de ella. Volvió a verla a ella una noche, inesperadamente, con la otra y otro. La rata no comprendió, o no quiso pensarlo. No tenía a quien contarle, después de todo.
Cuando se dispuso a descansar en ese recoveco, una intensa lluvia se desató y se vio obligada a huir. Esta vez, desde el árbol, lo vio a él con otra y una lejana. Podía notarlo por su vestimenta. Comprendió, ahí sí. Tal vez le resultó más sencillo pensar que sí. Nada raro ocurría. Estaba ya cansada, cada vez aguantaba menos la pobrecita y se quedó dormida en una de las gruesas ramas del gran señor.
Comió lo poco que encontró y se dispuso a chismosear otro día más. La cola ya no le respondía tan bien y se cayó del árbol de pura torpe. La vieron y un grito perturbó sus orejas y huyó a toda prisa hacia la zanja. Allí aguardó hasta el anochecer. Nunca había molestado a nadie, no entendía por qué todos la querían ver muerta. Cientos de veces se ocupaba de limpiar, mientras nadie veía, esa zanja. Lo que para otros era basura para ella era abrigo, comida o hasta una cama donde refugiarse.
Otra vez esos dos, perfectos, inmutables, felices. A ellos siempre les limpió la zanja mientras pudo. Pero la vista ya no le jugaba tan bien. Como último favor antes de recluirse una vez más a su dominio, pidió al mismo dios que allí la deposito que no deje separarse a esa particular pareja. Era lo que más la había reconfortado en toda su corta vida y quería irse sabiendo que al menos ese chisme tan hermoso iba a seguir con vida.
El dios no respondió, rata seguía siendo y no había ningún escritorio para ella. Con sus ojitos opacos, oculta, como siempre, detrás de las sombras, volvió a ver a esa chica. Volvió sola. No estaba con él. Una tristeza cubría su rostro y la ratita supo que dios le había fallado.
Una tristeza se apoderó de su débil corazón y cerró los ojitos. Pidió, entonces, a la chica, que no pierda la oportunidad de ser feliz como ella nunca pudo ser. Lástima que la ratita no hablaba muy bien el idioma humano. Pero, en su interior, tuvo una profunda esperanza que la hizo dormir y partir con una sonrisa que sólo la lluvia cuando la arrastró por primera y última vez le borró.
Esa pequeña rata se mantenía estática por el miedo cuando alguna amenaza se aproximaba y huía hacia los árboles cuando la corriente así lo demandaba. De pura testaruda nunca fue alcanzada por escobas ni cuchillas. Se quedó sola bastante tiempo, ya que de esa forma podía mirar mejor el mundo, sin interrupciones y además no debía compartir esos escasos alimentos. Roía todo lo que encontraba y no tardó en encontrarse más enemigos que compañeros. Rata iba a morir.
Una noche de invierno, sin embargo, logró ver algo que le llamó la atención. Durante años había visto centenares de escenas raras pero nunca una semejante. Ese par no estaba como siempre. Logró ver un beso de desahogo y cariño infinito y su corazón se sintió extraño. No había logrado ver algo así en mucho tiempo y feliz se dispuso a contarle el chisme a nadie. Recordó que era una rata.
En un recoveco de la zanja durmió esa tardía noche de muchas estrellas. Años había visto a ese par y todo cambió en una noche. Sin embargo a ese muchacho no lo había visto tantas veces en tan poco tiempo. Algo le había ocurrido, se le notaba en la sombra que lo perseguía. Algún ángel había tenido la poca fortuna de cuidarlo y había renunciado a mitad de camino, frustrado. Siguió durmiendo sin tener a nadie a quien contarle pero con una sonrisa contagiada por esa muchacha que tanto vio renegar por impericias de esos dioses que ella odiaba.
Otro día comenzaba y había logrado conseguir algunos dejos de hamburguesa en la basura a las apuradas. Otra vez ellos tres, de nuevo, mejor, distintos.
Unas flores crecieron bajo ese árbol al costado de la zanja. De muchos colores en poco tiempo. Demasiada belleza para ese gran arbusto podrido y bastardeado. Es que la ratita solía refugiarse en tiempos de lluvia con su callado amigo y a veces por puro gusto. Allí tenía otro tipo de vista. Sufría junto al gran señor antiguo cuando insolentes osaban arrancarle hojas. Hubiera deseado en ir a morderle las manos.
La rata ya había visto a mucha gente ahí, sentada, corriendo, besando, bebiendo y mintiendo. Ya un poco de trabajo le tomaba recordar en buen orden todo. Los años no le habían sentado tan bien en soledad. Una cierta locura se apoderaba de ella. Volvió a verla a ella una noche, inesperadamente, con la otra y otro. La rata no comprendió, o no quiso pensarlo. No tenía a quien contarle, después de todo.
Cuando se dispuso a descansar en ese recoveco, una intensa lluvia se desató y se vio obligada a huir. Esta vez, desde el árbol, lo vio a él con otra y una lejana. Podía notarlo por su vestimenta. Comprendió, ahí sí. Tal vez le resultó más sencillo pensar que sí. Nada raro ocurría. Estaba ya cansada, cada vez aguantaba menos la pobrecita y se quedó dormida en una de las gruesas ramas del gran señor.
Comió lo poco que encontró y se dispuso a chismosear otro día más. La cola ya no le respondía tan bien y se cayó del árbol de pura torpe. La vieron y un grito perturbó sus orejas y huyó a toda prisa hacia la zanja. Allí aguardó hasta el anochecer. Nunca había molestado a nadie, no entendía por qué todos la querían ver muerta. Cientos de veces se ocupaba de limpiar, mientras nadie veía, esa zanja. Lo que para otros era basura para ella era abrigo, comida o hasta una cama donde refugiarse.
Otra vez esos dos, perfectos, inmutables, felices. A ellos siempre les limpió la zanja mientras pudo. Pero la vista ya no le jugaba tan bien. Como último favor antes de recluirse una vez más a su dominio, pidió al mismo dios que allí la deposito que no deje separarse a esa particular pareja. Era lo que más la había reconfortado en toda su corta vida y quería irse sabiendo que al menos ese chisme tan hermoso iba a seguir con vida.
El dios no respondió, rata seguía siendo y no había ningún escritorio para ella. Con sus ojitos opacos, oculta, como siempre, detrás de las sombras, volvió a ver a esa chica. Volvió sola. No estaba con él. Una tristeza cubría su rostro y la ratita supo que dios le había fallado.
Una tristeza se apoderó de su débil corazón y cerró los ojitos. Pidió, entonces, a la chica, que no pierda la oportunidad de ser feliz como ella nunca pudo ser. Lástima que la ratita no hablaba muy bien el idioma humano. Pero, en su interior, tuvo una profunda esperanza que la hizo dormir y partir con una sonrisa que sólo la lluvia cuando la arrastró por primera y última vez le borró.
sábado, 6 de agosto de 2011
La frontera inesperada
Avistando la frontera, encontré un horizonte inmediato. Cruel. Decidí acercarme a ese límite tentador de puro transgresor, de pura libertad. Estiré la mano para intentar estrechar esa tierra mojada, suave e intacta con el pasar de las estaciones pero antes de poder tocarla, me detuve. Ya había estado ahí, ya me había reprimido y la ironía del tiempo volvió a cachetearme. Otra vez me encontré conmigo mismo, sin resultados positivos. La historia se repetía.
Saltar era una acción ya tomada, pasar por alto. ¿Otra vez el mismo error? Cientos de equivocaciones me carcomían y un futuro, un fruto casi malvado pero tan hermoso me guiñaba. Con sólo mirarme alcanzaba. ¿Otra vez otro error? No. Antes de darme cuenta ya había metido los pies en ese fango caliente e imprevisible. ¿Así se siente el destino? ¿Existe eso siquiera? El futuro se burlaba de mi falta de decisión. Hasta ahí había llegado, como nunca y ya me sentía un héroe. No hacía falta nada más, pero a la vez había tanto más para pedir. El límite era la sangre, sangre joven que hervía de ímpetu pero carecía de coherencia.
La frontera me había ya llegado a los tobillos. Contemplé el esplendor nunca más bello de no saber qué va a pasar. No sé qué ocurrirá mañana, ni ahora. El sol se estremecía y mi sudor recorría la piel tensa de expectativa. Pero nada hacía. Simplemente me dejé estar otros instantes. El tiempo pasaba y no me esperó ni un segundo. Yo seguí igual, allí eternamente. Una melodía extraña atravesaba mis oídos y la carne se volvía blanda.
Revisé lo que me rodeaba y estaba solo. Miles de soles y lunas me cruzaban por delante. Nada tenía atrás pero me di vuelta perdiendo todo. Con muchísima fuerza saqué los pies del pantano y regresé al reloj de arena. Los segundos no pasaban y mi corazón latía con más intensidad con cada pensamiento traidor.
Me levanté al día siguiente y miré por la ventana. La frontera se había acercado un poco más. Me acerqué y sumergí las rodillas en ese barro radiante. Habré pasado días así sin darme cuenta. Otra primavera nacía y seguía teniendo el mismo barro seco al despertar del año anterior. Era tal vez una de las pocas cosas que me daba calor. Sentirme cerca de la esperanza, la incertidumbre en cierta forma me complacía. Me atacaba furiosamente al detenerme a pensar, pero no dejaba nunca de acariciarme.
Abatido por los meses, me recosté en mi cama y observé aquel techo, cada vez más distante. El cielo se me había alejado un poco más. Salí a regar el césped pero vi que ya no era el de antes. Había perdido cierta cantidad de terreno por no cuidarlo mientras perdía el tiempo en el borde de la ciudad y lo que quedaba parecía una triste paja. Ese pasto ya no volvería a crecer fácilmente.
Cuando me dispuse a ir a trabajar me tropecé atolondradamente contra un pedazo de vida que se me había caído. Lo recogí y lo volví a poner en su lugar pero no tardó en volverse a caer. Frustrado, largué una puteada y me subí al colectivo. Desde la ventanilla podía seguir esa maldita línea al costado de la ruta que seguía mirándome, burlándose y ahogándome con su rutinaria tradición de hostigar mi mente.
Cuando regresé a mi hogar, noté cómo mi ventana en el comedor se iba caminando y cruzaba la frontera sin ensuciarse. De puro cabrón dejé que se fuera, deseándole alguna que otra maldad. Todavía me quedaban un par de vidrios en casa para mirar afuera. Ingenuo de mi parte fue pensar que así era. Ya me había olvidado que la del baño y el balcón habían escapado hace rato.
Cuando me desperté, noté que el techo ya se me había extraviado. Tarareando alguna canción bajé al oscuro living y quise hacer café. No había nada para comer pero por suerte ya no tenía hambre. Salí al jardín y me sumergí de inmediato a ese fango ya familiar. Miré atrás nuevamente y tenía menos que antes. Me hundí en esa viscosidad como nunca y una lágrima inundó mi rostro siempre intacto. Intenté mover el pecho para regresar pero ya estaba bastante enterrado.
Escuché de nuevo esa melodía intocable con los años. La contemplé de nuevo y no me resistí. Crucé esa frontera y allí estaba, otra vez, mirando al verde pasto desde el comedor.
Saltar era una acción ya tomada, pasar por alto. ¿Otra vez el mismo error? Cientos de equivocaciones me carcomían y un futuro, un fruto casi malvado pero tan hermoso me guiñaba. Con sólo mirarme alcanzaba. ¿Otra vez otro error? No. Antes de darme cuenta ya había metido los pies en ese fango caliente e imprevisible. ¿Así se siente el destino? ¿Existe eso siquiera? El futuro se burlaba de mi falta de decisión. Hasta ahí había llegado, como nunca y ya me sentía un héroe. No hacía falta nada más, pero a la vez había tanto más para pedir. El límite era la sangre, sangre joven que hervía de ímpetu pero carecía de coherencia.
La frontera me había ya llegado a los tobillos. Contemplé el esplendor nunca más bello de no saber qué va a pasar. No sé qué ocurrirá mañana, ni ahora. El sol se estremecía y mi sudor recorría la piel tensa de expectativa. Pero nada hacía. Simplemente me dejé estar otros instantes. El tiempo pasaba y no me esperó ni un segundo. Yo seguí igual, allí eternamente. Una melodía extraña atravesaba mis oídos y la carne se volvía blanda.
Revisé lo que me rodeaba y estaba solo. Miles de soles y lunas me cruzaban por delante. Nada tenía atrás pero me di vuelta perdiendo todo. Con muchísima fuerza saqué los pies del pantano y regresé al reloj de arena. Los segundos no pasaban y mi corazón latía con más intensidad con cada pensamiento traidor.
Me levanté al día siguiente y miré por la ventana. La frontera se había acercado un poco más. Me acerqué y sumergí las rodillas en ese barro radiante. Habré pasado días así sin darme cuenta. Otra primavera nacía y seguía teniendo el mismo barro seco al despertar del año anterior. Era tal vez una de las pocas cosas que me daba calor. Sentirme cerca de la esperanza, la incertidumbre en cierta forma me complacía. Me atacaba furiosamente al detenerme a pensar, pero no dejaba nunca de acariciarme.
Abatido por los meses, me recosté en mi cama y observé aquel techo, cada vez más distante. El cielo se me había alejado un poco más. Salí a regar el césped pero vi que ya no era el de antes. Había perdido cierta cantidad de terreno por no cuidarlo mientras perdía el tiempo en el borde de la ciudad y lo que quedaba parecía una triste paja. Ese pasto ya no volvería a crecer fácilmente.
Cuando me dispuse a ir a trabajar me tropecé atolondradamente contra un pedazo de vida que se me había caído. Lo recogí y lo volví a poner en su lugar pero no tardó en volverse a caer. Frustrado, largué una puteada y me subí al colectivo. Desde la ventanilla podía seguir esa maldita línea al costado de la ruta que seguía mirándome, burlándose y ahogándome con su rutinaria tradición de hostigar mi mente.
Cuando regresé a mi hogar, noté cómo mi ventana en el comedor se iba caminando y cruzaba la frontera sin ensuciarse. De puro cabrón dejé que se fuera, deseándole alguna que otra maldad. Todavía me quedaban un par de vidrios en casa para mirar afuera. Ingenuo de mi parte fue pensar que así era. Ya me había olvidado que la del baño y el balcón habían escapado hace rato.
Cuando me desperté, noté que el techo ya se me había extraviado. Tarareando alguna canción bajé al oscuro living y quise hacer café. No había nada para comer pero por suerte ya no tenía hambre. Salí al jardín y me sumergí de inmediato a ese fango ya familiar. Miré atrás nuevamente y tenía menos que antes. Me hundí en esa viscosidad como nunca y una lágrima inundó mi rostro siempre intacto. Intenté mover el pecho para regresar pero ya estaba bastante enterrado.
Escuché de nuevo esa melodía intocable con los años. La contemplé de nuevo y no me resistí. Crucé esa frontera y allí estaba, otra vez, mirando al verde pasto desde el comedor.
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