Allí estaba, solo, en la habitación. Un aire fúnebre circulaba por los rincones y la luz era tenue, no llegaba a las paredes. La vieja lámpara colgaba de un cable eléctrico desprotegido en ese techo resquebrajado y húmedo. La pobre iluminación apenas llegaba a mis piernas y a esa mesita cubierta de novelas policiales y manuscritos apurados. No medía más de un metro y una de las patas parecía doblada y por momentos, el mueble se titubeaba sobre su base. Era de madera oscura, con eventuales astillas que cortaban con el tono opaco y demostraban una falta de cuidado notable que hacía juego con el piso, también del mismo material antiguo. Nadie podría entrar a ese cuarto si hacer tronar todo a su alrededor.
Detrás de mí, una biblioteca saturada de viejos libros se podía advertir contra la pared más lejana de ese rectangular pedazo de mundo. La cubría por más de la mitad. Sólo un pequeño margen quedaba libre y era porque alguien había construido justo en ese mural una ventana con la esperanza de que iluminara todo. De día tampoco podría lograr ese cometido, ya que un inmenso departamento se había levantado delante hace ya un año. A mi derecha, un sofá de colchón rojo y lúgubres apoya brazos de color opaco se desplegaba e invitaba a la inspiración posar como musa delante de quien se atreviera a recostarse. Miles de historias habrán pasado por ahí.
Las paredes apenas visibles atormentaban a cualquier mente perseguida puesto que la luz era intermitente y por momentos parecían haber sombras vivas. El viento que apenas se escabullía por la ventana parecía susurrar las más vivas historias de terror y los escalofríos se apoderaban de mis hombros cruelmente. La impaciencia me ganaba y yo no podía hacer nada más que aguardar. Comencé a observar con inquietud la puerta de roble maltratada y de cerradura de bronce. Habría pensado que se trataba de una lujosa habitación, pero era una casa vieja y dejada de lado por el tiempo. Se había quedado resignada a recibir atención.
Una ventisca repentina irrumpió desde la ventana. Movió más que nunca esa lámpara oscilante y voló un puñado de papeles violentamente. Mientras los manuscritos sobrevolaban la habitación, las sombras comenzaron a correr y a gritar. Todo fue un recital de ruidos y movimiento. Me encogí en mi lugar tras sobresaltarme y me dispuse a convencerme de que sólo era un susto. Pero los susurros se intensificaron. Apreté las manos contra la silla y mis ojos divagaron por los rincones más terribles del cuarto. Estaban ahí, observándome. Las escuchaba. Esas siluetas estaban vivas, no desaparecieron luego de haber caído las hojas de quién sabe cuántas historias siniestras. Me miraban, se escondían y regresaban. Eran ágiles, no llegaba a tener una mirada de lleno en ellas. Mis músculos se helaron y apenas podía parpadear.
Sentía una respiración en la nuca. No estaba solo. Me aferré más que nunca al asiento. Parecían víctimas reclamando irónicamente cosas del pasado. No podían tocarme, sólo desesperarme. La humedad en las paredes se extendió y la lámpara lentamente fue deteniéndose. Miré la puerta de roble con la esperanza de que entrara, que me salvara. Tenía que estar por llegar.
Las sombras se iban multiplicando, como un fuego alentado por un viento de popa. Se reían, lloraban, se enfurecían. Planeaban algo terrible en torno a mí. Miles de cosas se apoderaron de mi mente que se aceleraba segundo a segundo. Mis manos ahora estaban más inquietas que nunca. Ya no había susurros sino voces agresivas que golpeaban mi cabeza, aturdían mis oídos y azotaban mis dedos. Las presencias se comenzaron a escapar de las paredes y se me quedaban observando fijamente. Gritos en las calles entraban por la ventana. Disparos, crímenes y terror supuraban por las paredes.
Me empecé a asfixiar, ya no toleraba la presión. Empecé a sentir las caricias, los ojos y las intenciones. Mi cuerpo se dejó llevar, mi corazón se acostumbró a la tensión y escuché pasos. Quien fuera, se encontraba ahora del otro lado de la puerta inmóvil, vigilante. Clavé mi atención hacia esa dirección haciendo un esfuerzo faraónico para no volverme loco. Ya era tarde. El alargado picaporte con forma de serpiente se movió, se inclinó hacia abajo en unos interminables instantes y la puerta se abrió.
Allí entró. La única que podía rescatarme de ese infierno. Se acercó a mí, tomó mis manos y mis piernas y me sentó en el escritorio. Entonces me dispuse a escribir.
jueves, 4 de agosto de 2011
martes, 2 de agosto de 2011
Telmo
Refugiado detrás de unas ropas rasgadas por la calle y manchadas de vida a la deriva, se desenvuelve imprevisiblemente por un camino circular un extraño ya conocido. Su piel era levemente oscura y su rostro se encontraba sucio. No conseguía mantener una misma expresión prolongadamente. La soledad no le dejaba advertir su pelo negro desmarañado y con eventuales tonos tristes. Detrás de una barba es escondía una larga travesía diaria de castigo inagotable, de vida traicionada por la realidad.
Finalmente, el hombre avista un asiento y se aproxima a él con felicidad poco usual, casi conformista. Una vez descargada toda su humanidad allí, un perro no menos sucio y desprolijo aparece detrás de mis piernas moviendo alegremente la cola. Se acercó confiadamente extraviado compañero y se sentó aguardando pasivamente una caricia borracha. Una vez recibida, no se conformó y se entregó al piso y puso su barriga mirando al cielo. El extraño volvió a dale cariño a su compañero.
- ¡Telmo! ¡Telmo! – se exaltó inexplicablemente el vagabundo.
Tras volver a orientarse, miró de nuevo al perro y su expresión alterada pasó de inmediato a ser de serenidad. Levantó la mirada hacia mí. Parecía haber recordado de repente que su vida no es una fantasía morbosa sino que su entorno puede responderle. Fue entonces cuando me preguntó:
- ¿Vos sabés quién es Telmo?
- Emm… ¿El barrio? – respondí con incertidumbre. Las cejas traicionaron mi intención de seriedad, pero me ganó la extrañez
- Noooooo, nene. No entendés. ¿En serio no sabés quién es Telmo? – Se sobresaltó el hombre, casi indignado por mi atrevida ignorancia. Se levantó presipitadamente e intentó dar unos pasos inútilmente. El amor tragado lo hacía tambalearse y caminar desprolijamente sobre arenas movedizas
- Entonces… ¿Quién es?
- Éste es el verdadero San Telmo. De él sí que no me quiero ir – Dijo mientras bajaba su cansada mirada hacia el perro que no había dejado de mover su turbina, movida de felicidad por el cariño brindado por su hermano de vida. -¡Es un hijo de puta este Telmo! … ¡Telmo! ¡Telmo! ¿Podés creer que no te conoce?
Entre sonrisas perdidas y pelos sucios, el borracho movía los pies al compás de una música que jamás llegaría a advertir. Sus zapatillas eran de un azul abatido por la mugre, con los cordones apenas atados en una y en la otra oscilando a hacerlo tropezar. En un instante las levantó aproximando sus rodillas al pecho, como intentando abrigarse y pude notar las suelas deshechas o rotas en ambos casos. Viajes sin fin y ferozmente agotadores pasaron por debajo de allí y habían dejado una huella que marca hasta la más fuerte piel.
Telmo no dejaba de mover su cola mientras era acariciado. El viajante entregaba su corazón al animal, no tenía nada más para darle que eso y compartir juntos la comida ganada entre la miseria. Las uñas de su mano se encontraban resquebrajadas y fuertes líneas atravesaban sus palmas agotadas quién sabe por qué infinidad de esfuerzos. Esa pareja gritaba y nadie oía. Una triste mirada pobló nuevamente el rostro de aquella persona. Los segundos fueron eternos en que ambos hermanos se observaron, casi como confesándose cosas que nadie más podría comprender.
Telmo estaba cubierto de de un manto gris de pelos que nunca conocieron un veterinario. La calle había cuidado de él. Sus costillas se escabullían entre el pelaje que no podía llegar a ocultar la pobreza padecida. Una de sus patas traseras parecía lastimada, pero no parecía importante mientras andaba alrededor de su compañero para llamarle la atención. Debajo de su ojo derecho, una tajante cicatriz le llegaba casi hasta la mandíbula. Su lengua se agitaba intensamente fuera de su trompa mientras su cuerpo inquietaba. Le faltaba un pedazo de la punta su oreja derecha, que probablemente haya sido resultado de alguna pelea. En un momento se volvió a mí y me observó estático. Fue la única vez que vi su cola quieta. Hubiera jurado que me estaba advirtiendo que daría su vida si yo quisiera lastimar a quien estaba con él. Tras dejar en claro que ahí iba a quedarse, se regresó a las piernas del vagabundo y saltó para esta vez el pasarle su lengua por el rostro en demostración de cariño. Le ladró algunas cosas y recibió quejas por el ruido. Nuevamente fue acariciado y siguió feliz. No parecía agotarse esa chispa que sólo él le brindaba al borracho. Sin Telmo, el asfalto sería mucho más gris y la vida más tenue.
Miré hacia mis costados para comprobar que no había nadie más a mí alrededor. Me sentí por un momento casi como un narrador omnisciente. Sólo nucas y pelos recogidos entre jeans levis y botas caras parecían darle la espalda a una realidad que llora al costado. No reaccionan. ¿Acaso es una mentira inventada en una mente retorcida? ¿Una cruel fantasía de alguien que disfruta la epopeya diaria de una persona que pierde el alma un poco más con cada amanecer rojizo? El sol parece haber sólo lastimado la piel de aquella sombra porteña y nunca haber sido gentil con quien merece alguna vez un desayuno sin vino de cartón y pan duro mendigado.
De su bolsillo, el hombre sacó la última ración de elixir de olvido y se dispuso a tomarlo para viajar para no volver por otra noche fría. Telmo ahí iba a estar para cuidarlo. Telmo siempre está.
Finalmente, el hombre avista un asiento y se aproxima a él con felicidad poco usual, casi conformista. Una vez descargada toda su humanidad allí, un perro no menos sucio y desprolijo aparece detrás de mis piernas moviendo alegremente la cola. Se acercó confiadamente extraviado compañero y se sentó aguardando pasivamente una caricia borracha. Una vez recibida, no se conformó y se entregó al piso y puso su barriga mirando al cielo. El extraño volvió a dale cariño a su compañero.
- ¡Telmo! ¡Telmo! – se exaltó inexplicablemente el vagabundo.
Tras volver a orientarse, miró de nuevo al perro y su expresión alterada pasó de inmediato a ser de serenidad. Levantó la mirada hacia mí. Parecía haber recordado de repente que su vida no es una fantasía morbosa sino que su entorno puede responderle. Fue entonces cuando me preguntó:
- ¿Vos sabés quién es Telmo?
- Emm… ¿El barrio? – respondí con incertidumbre. Las cejas traicionaron mi intención de seriedad, pero me ganó la extrañez
- Noooooo, nene. No entendés. ¿En serio no sabés quién es Telmo? – Se sobresaltó el hombre, casi indignado por mi atrevida ignorancia. Se levantó presipitadamente e intentó dar unos pasos inútilmente. El amor tragado lo hacía tambalearse y caminar desprolijamente sobre arenas movedizas
- Entonces… ¿Quién es?
- Éste es el verdadero San Telmo. De él sí que no me quiero ir – Dijo mientras bajaba su cansada mirada hacia el perro que no había dejado de mover su turbina, movida de felicidad por el cariño brindado por su hermano de vida. -¡Es un hijo de puta este Telmo! … ¡Telmo! ¡Telmo! ¿Podés creer que no te conoce?
Entre sonrisas perdidas y pelos sucios, el borracho movía los pies al compás de una música que jamás llegaría a advertir. Sus zapatillas eran de un azul abatido por la mugre, con los cordones apenas atados en una y en la otra oscilando a hacerlo tropezar. En un instante las levantó aproximando sus rodillas al pecho, como intentando abrigarse y pude notar las suelas deshechas o rotas en ambos casos. Viajes sin fin y ferozmente agotadores pasaron por debajo de allí y habían dejado una huella que marca hasta la más fuerte piel.
Telmo no dejaba de mover su cola mientras era acariciado. El viajante entregaba su corazón al animal, no tenía nada más para darle que eso y compartir juntos la comida ganada entre la miseria. Las uñas de su mano se encontraban resquebrajadas y fuertes líneas atravesaban sus palmas agotadas quién sabe por qué infinidad de esfuerzos. Esa pareja gritaba y nadie oía. Una triste mirada pobló nuevamente el rostro de aquella persona. Los segundos fueron eternos en que ambos hermanos se observaron, casi como confesándose cosas que nadie más podría comprender.
Telmo estaba cubierto de de un manto gris de pelos que nunca conocieron un veterinario. La calle había cuidado de él. Sus costillas se escabullían entre el pelaje que no podía llegar a ocultar la pobreza padecida. Una de sus patas traseras parecía lastimada, pero no parecía importante mientras andaba alrededor de su compañero para llamarle la atención. Debajo de su ojo derecho, una tajante cicatriz le llegaba casi hasta la mandíbula. Su lengua se agitaba intensamente fuera de su trompa mientras su cuerpo inquietaba. Le faltaba un pedazo de la punta su oreja derecha, que probablemente haya sido resultado de alguna pelea. En un momento se volvió a mí y me observó estático. Fue la única vez que vi su cola quieta. Hubiera jurado que me estaba advirtiendo que daría su vida si yo quisiera lastimar a quien estaba con él. Tras dejar en claro que ahí iba a quedarse, se regresó a las piernas del vagabundo y saltó para esta vez el pasarle su lengua por el rostro en demostración de cariño. Le ladró algunas cosas y recibió quejas por el ruido. Nuevamente fue acariciado y siguió feliz. No parecía agotarse esa chispa que sólo él le brindaba al borracho. Sin Telmo, el asfalto sería mucho más gris y la vida más tenue.
Miré hacia mis costados para comprobar que no había nadie más a mí alrededor. Me sentí por un momento casi como un narrador omnisciente. Sólo nucas y pelos recogidos entre jeans levis y botas caras parecían darle la espalda a una realidad que llora al costado. No reaccionan. ¿Acaso es una mentira inventada en una mente retorcida? ¿Una cruel fantasía de alguien que disfruta la epopeya diaria de una persona que pierde el alma un poco más con cada amanecer rojizo? El sol parece haber sólo lastimado la piel de aquella sombra porteña y nunca haber sido gentil con quien merece alguna vez un desayuno sin vino de cartón y pan duro mendigado.
De su bolsillo, el hombre sacó la última ración de elixir de olvido y se dispuso a tomarlo para viajar para no volver por otra noche fría. Telmo ahí iba a estar para cuidarlo. Telmo siempre está.
domingo, 31 de julio de 2011
El Sol
Andando por el viento sentí como ni siquiera la lana podía protegerme de un intenso invierno que, hasta ese entonces del calendario, nunca había sido tan cruel. Inexplicable alegría e incertidumbre me motivaban para proseguir en una peregrinación de asfalto que sentenciaba en silencio un reencuentro intenso. Aligeré los pasos con la esperanza de escabullirme entre la helada brisa, pero no sirvió. La música emitida de los auriculares me permitía por un instante fugaz irme de aquella calle, aquel camino y sentir que me encontraba más cerca de mi destino.
En la avenida, el semáforo se mofaba mi impaciencia y entre carcajadas, finalmente cedió con la burla y me permitió seguir. El colectivo no llegaba. Los bolsillos no eran suficientes para rescatar a mis manos y el cuello del saco me alcanzaba hasta el mentón barbudo, pero no alcanzaba a taparme el cuello congelado. Mis ojos advirtieron una silueta avanzar entre luces y coches. Me dispuse a acercarme de nuevo al borde de la vereda. Llegaba mi temporal salvación y con todo el valor que aun mantenía, saqué mi mano de su refugio para elevarla a la altura de mis hombros. Una vez arriba de la nave, saqué mi boleto y me senté al fondo, al lugar más lejano posible. Temblaba y mi nuca se estremecía ya pensando en las contracturas del día siguiente. Del morral intenté con los dedos entumecidos tomar un libro. Una epopeya fue coordinar las falanges dormidas, pero vencí y comencé a leer. Me extravié casi como un niño entre veleros y horizontes bellos, peces felices en la lejanía y madera flotando en el platinado océano, más seductor que nunca. Nadie podía hacerle a un lado, me sumergí de cabeza en esas aguas para nada más encontrar que aquí al lado, los peces están muertos de ciudad, la cicuta contamina ese alguna vez bello panorama acuático. Seguí navegando por esas aguas para avistar sobre mi cabeza una estela tímida de sol luchar contra nubes de tormenta temeraria. Intenté tocar el cielo con las manos y entre las nubes pude ver todo desde lejos. Humo, muerte, gris y rostros. Rostros pasando al lado. ¿Nadie advierte eso? ¿Tan terrible puede ser la cotidianeidad? ¿Tan ciegos nos volvemos con los años? No pude tolerarlo. Junté mis piernas con mis brazos y me impulsé de cabeza contra esas calles. Tomé velocidad infinita y con el alma decidida me acerqué cada vez más rápido a Buenos Aires. El viento me dolía, me golpeaba ferozmente. Pero ya nada podía detenerme, era necesario volver y cambiarlo todo. Entre estrellas y nubes miré por la ventanilla de mi izquierda y me dí cuenta que había vuelto a la pesadilla.
La poblada avenida Maipú estaba llena de inconsciencia. ¿Acaso esos jóvenes no advertían a esa sombra a su costado? ¿Ese hombre de andar impreciso ya estaba vencido de indiferencia? ¿Acaso esas ropas lo abrigan? El frío me abandonó rápidamente, asustado por el corazón latente de nuevo con más furia y amor que nunca. Quise volver a despertarme entre esas nubes de eterna libertad y rayos gritándome al oído, pero la calle Paraná me cacheteó la memoria y me arrojé a la puerta del colectivo. Las estelas de automóviles regresaron a mi costado. Olivos me recibía con un frío tenáz.
Aguardé la llegada de la otra persona que me acompañaría en ese bar escondido entre maleza civil y oscuridad oscilante. Los minutos corrían y la temperatura me invitaba a moverme para no ceder al abrazo helado de la sirena invernal. Algunos jóvenes gritaban desde sus autos y se sentían los reyes de la carretera. Algunas chicas respondían con gestos cómplices o a veces con indiferencia lógica. Las camperas danzaban al compás del camino y buscaban llegar a ese lugar que los pudiera acobijar con alcohol.
Finalmente llegó. Entre sonrisas y abrazos, nos saludamos y charlamos, casi como una previa, sobre las cosas en las que nos íbamos a explayar más tarde. Cabizbajo y taciturno, me movía en mi mente sintiendo una inquietud. Algo se movía en mi alma y sólo más tarde lo sabría.
Nos escapamos de a poco de esa ciudad y nos zambullimos en la caverna de las charlas eternas. Una mesa aguardaba al fondo de aquel místico lugar, invitando a ocuparla de nuestras cosas y unas merecidas cervezas. La semana había sido dura, plagada de historias y travesías épicas. La falta de tiempo y los rumbos algo distanciados generaron una decreciente comunicación. Pero nada había cambiado. Ayer habíamos estado ahí.
Todo sigue igual.
Compartimos pesos y confesamos interminables leyendas nunca contadas o tal vez olvidadas, dejadas de lado. La memoria pedía basta y derribaba paredes violentamente. Era necesaria esa mirada, esa compañía y esa soga con el sol como sima para reaccionar. Esas observaciones absolutas pero a la vez tan obvias fueron el golpe final. Sentimientos sepultados sacudían mi cerebro y los ojos buscaban una salida. El corazón gritaba un regreso y un quiebre en el espejo. Me observé. Me detuve. Recordé. ¿Qué te pasó? ¿Dónde estabas? Acá. ¿Vos? Sí, nunca me fui. Me volví fundamentalista de una sombra, una fantasía infantil. Creyendo que podía ser el superhombre, me volví un ser vulgar. Advertí mis ojos, advertí mis problemas debajo de la cama, me avisté a la lejanía y principié un regreso necesario. ¿De qué escapás? De vos. ¿Por qué? Porque no me servís más que para la angustia. La ignorancia es una bendición después de todo. ¿Por qué escapás? ¿Por qué engañarse? Busco excusas. Busco esos placebos nocturnos de olvido. ¿Y ahora? Ya no surten efecto. El alma grita y el corazón pesa. El calor me abandonó y la sirena se apoderó de mí.
El espejo me escupió y se quebró. Se quedó con la sombra. Se quedó con todo. Me comió el dolor y dispuse a elevar el ancla. La fundí y la regresé a donde pertenece. Me subí al velero y me dirigí a ese horizonte de rayos y libertad. Me abandonaron los brazos, los oídos, las calles y los peces. Allí estaba, esperándome de nuevo. Ahí estaba, como siempre, detrás de las espesas nubes cargadas de llantos y vida, el Sol.
En la avenida, el semáforo se mofaba mi impaciencia y entre carcajadas, finalmente cedió con la burla y me permitió seguir. El colectivo no llegaba. Los bolsillos no eran suficientes para rescatar a mis manos y el cuello del saco me alcanzaba hasta el mentón barbudo, pero no alcanzaba a taparme el cuello congelado. Mis ojos advirtieron una silueta avanzar entre luces y coches. Me dispuse a acercarme de nuevo al borde de la vereda. Llegaba mi temporal salvación y con todo el valor que aun mantenía, saqué mi mano de su refugio para elevarla a la altura de mis hombros. Una vez arriba de la nave, saqué mi boleto y me senté al fondo, al lugar más lejano posible. Temblaba y mi nuca se estremecía ya pensando en las contracturas del día siguiente. Del morral intenté con los dedos entumecidos tomar un libro. Una epopeya fue coordinar las falanges dormidas, pero vencí y comencé a leer. Me extravié casi como un niño entre veleros y horizontes bellos, peces felices en la lejanía y madera flotando en el platinado océano, más seductor que nunca. Nadie podía hacerle a un lado, me sumergí de cabeza en esas aguas para nada más encontrar que aquí al lado, los peces están muertos de ciudad, la cicuta contamina ese alguna vez bello panorama acuático. Seguí navegando por esas aguas para avistar sobre mi cabeza una estela tímida de sol luchar contra nubes de tormenta temeraria. Intenté tocar el cielo con las manos y entre las nubes pude ver todo desde lejos. Humo, muerte, gris y rostros. Rostros pasando al lado. ¿Nadie advierte eso? ¿Tan terrible puede ser la cotidianeidad? ¿Tan ciegos nos volvemos con los años? No pude tolerarlo. Junté mis piernas con mis brazos y me impulsé de cabeza contra esas calles. Tomé velocidad infinita y con el alma decidida me acerqué cada vez más rápido a Buenos Aires. El viento me dolía, me golpeaba ferozmente. Pero ya nada podía detenerme, era necesario volver y cambiarlo todo. Entre estrellas y nubes miré por la ventanilla de mi izquierda y me dí cuenta que había vuelto a la pesadilla.
La poblada avenida Maipú estaba llena de inconsciencia. ¿Acaso esos jóvenes no advertían a esa sombra a su costado? ¿Ese hombre de andar impreciso ya estaba vencido de indiferencia? ¿Acaso esas ropas lo abrigan? El frío me abandonó rápidamente, asustado por el corazón latente de nuevo con más furia y amor que nunca. Quise volver a despertarme entre esas nubes de eterna libertad y rayos gritándome al oído, pero la calle Paraná me cacheteó la memoria y me arrojé a la puerta del colectivo. Las estelas de automóviles regresaron a mi costado. Olivos me recibía con un frío tenáz.
Aguardé la llegada de la otra persona que me acompañaría en ese bar escondido entre maleza civil y oscuridad oscilante. Los minutos corrían y la temperatura me invitaba a moverme para no ceder al abrazo helado de la sirena invernal. Algunos jóvenes gritaban desde sus autos y se sentían los reyes de la carretera. Algunas chicas respondían con gestos cómplices o a veces con indiferencia lógica. Las camperas danzaban al compás del camino y buscaban llegar a ese lugar que los pudiera acobijar con alcohol.
Finalmente llegó. Entre sonrisas y abrazos, nos saludamos y charlamos, casi como una previa, sobre las cosas en las que nos íbamos a explayar más tarde. Cabizbajo y taciturno, me movía en mi mente sintiendo una inquietud. Algo se movía en mi alma y sólo más tarde lo sabría.
Nos escapamos de a poco de esa ciudad y nos zambullimos en la caverna de las charlas eternas. Una mesa aguardaba al fondo de aquel místico lugar, invitando a ocuparla de nuestras cosas y unas merecidas cervezas. La semana había sido dura, plagada de historias y travesías épicas. La falta de tiempo y los rumbos algo distanciados generaron una decreciente comunicación. Pero nada había cambiado. Ayer habíamos estado ahí.
Todo sigue igual.
Compartimos pesos y confesamos interminables leyendas nunca contadas o tal vez olvidadas, dejadas de lado. La memoria pedía basta y derribaba paredes violentamente. Era necesaria esa mirada, esa compañía y esa soga con el sol como sima para reaccionar. Esas observaciones absolutas pero a la vez tan obvias fueron el golpe final. Sentimientos sepultados sacudían mi cerebro y los ojos buscaban una salida. El corazón gritaba un regreso y un quiebre en el espejo. Me observé. Me detuve. Recordé. ¿Qué te pasó? ¿Dónde estabas? Acá. ¿Vos? Sí, nunca me fui. Me volví fundamentalista de una sombra, una fantasía infantil. Creyendo que podía ser el superhombre, me volví un ser vulgar. Advertí mis ojos, advertí mis problemas debajo de la cama, me avisté a la lejanía y principié un regreso necesario. ¿De qué escapás? De vos. ¿Por qué? Porque no me servís más que para la angustia. La ignorancia es una bendición después de todo. ¿Por qué escapás? ¿Por qué engañarse? Busco excusas. Busco esos placebos nocturnos de olvido. ¿Y ahora? Ya no surten efecto. El alma grita y el corazón pesa. El calor me abandonó y la sirena se apoderó de mí.
El espejo me escupió y se quebró. Se quedó con la sombra. Se quedó con todo. Me comió el dolor y dispuse a elevar el ancla. La fundí y la regresé a donde pertenece. Me subí al velero y me dirigí a ese horizonte de rayos y libertad. Me abandonaron los brazos, los oídos, las calles y los peces. Allí estaba, esperándome de nuevo. Ahí estaba, como siempre, detrás de las espesas nubes cargadas de llantos y vida, el Sol.
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